Raúl González Tuñón: el gran poeta que blindó una rosa y amaba los bajos fondos

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Muerto en 1974 a sus 69 años, fue la perfecta fusión del lirismo sobre las cosas sencillas y el compromiso por sus convicciones políticas. Un repaso por su vida y sus obras más siginficativas

«Amigo de las gentes, de las mujeres amantes y del vino, una suerte de François Villon criollo, cantor de las tabernas, las grandes fiestas y duelos e insurrecciones populares»

Pedro Orgambide
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En sus últimos años, Raúl González Tuñón, poeta, periodista, viajero –varias vueltas al mundo–, comunista pero crítico «de las vulgaridades del realismo socialista literario», eligió, sin dejar un día de escribir («Vivo en constante exaltación lírica»), un rincón y una tarea anónimas.

Un trabajo de periodista principiante. Cortaba y marcaba cables en el diario Clarín, donde también fue comentarista de artes plásticas y narrador de viajes. Según confesión a un colega, «prefiero hacer esto a escribir sobre cosas que no me interesan».
¿Era una despedida? ¿Había muerto realmente Juancito Caminador (Johnny Walker, su whisky amado)?
En todo caso, ya dejó escrito su obituario: «Juancito Caminador…/ Murió en un lejano puerto / el prestidigitador. / Poca cosa deja el muerto. / Terminada la función / –canción, paloma y baraja– / todo cabe en una caja. / Todo, menos la canción

Empezó su vida el 29 de mayo o de marzo de 1905, en el barrio Once. A los 21 años publicó el primero de sus treinta libros de poemas, prosa, piezas teatrales, crónicas desde medio planeta: El violín del diablo, impreso en la algo mítica Editorial Gleizer, refugio de escritores señalados como «rebeldes» (o algo peor) por las supuestas buenas almas…

Nieto de un obrero asturiano inmigrante, su descripción es tan reveladora como inolvidable: «Era un obrero del bronce / aquel que en Mieres nació. / Vino a América con barba / pero acá se la quitó. / Tenía yo nueve años / cuando un día me llevó / por entre los sobresaltos / de una manifestación. / Así nací al socialismo, / así comunista soy, / así sería si viviera / mi abuelo Manuel Tuñón. / En la antigua casa Snockel / treinta años trabajó. / Algo dejó que aún late / además de su reloj. / (…) Por la Antigua Casa Snockel / pienso cuando paso yo: / ¡Pena grande que no viva / mi abuelo Manuel Tuñón! / Pena grande que no viva / para verla, como yo / a Asturias en pie de sangre / para la Revolución«.

Fue comunista, sí. Orgulloso («Y un día me llamaron / camarada Tuñón«). Acaso lo fue como Doris Lessing, que me dijo en la entrevista que logré cuando estuvo en Buenos Aires: «Fui comunista cuando había que serlo». Porque ante el zarpazo bestial de los Franco, los Mussolini, los Hitler, no había término medio: ser fascista o combatir al fascismo.

Dolorosa ecuación del desencanto: el sueño de la Revolución Proletaria y de la eterna paz en el mundo mutó en el no menos bestial Soviet, su asfixiante tiranía, sus millones de muertos…

Pero, a contramano de ese fracaso, González Tuñón no rompió nunca las cuerdas de su lira. En 1935, cuando la Guerra Civil Española y su millón de muertos era inminente, publicó La rosa blindada: según Pablo Neruda, «fue el primero en blindar una rosa». De esa ardiente saga es imposible no recordar su homenaje a los voluntarios de otras latitudes que fueron a luchar y morir en España: las brigadas internacionales

«Ellos, los hombres de la primera brigada voluntaria, no preguntaron ¿cómo se va al Museo, dónde están las mujeres y las coplas, cómo se come aquí, dónde está la taberna, cómo se va a la catedral, dónde está el cementerio?, o cualquier otra cosa que pregunta un viajero que conoce la sed, el hambre, el mundo. No preguntaron».

Algo más de veinte años después, R.G.T. seguía en pie de guerra: publicó una colección de poemas y prosa con título inequívoco: La luna con gatillo.
«Subiré al cielo, / le pondré gatillo a la luna / y desde arriba fusilaré al mundo, suavemente, / para que esto cambie de una vez«.

Eso, sin abandonar jamás la otra cara del espejo o de la moneda: payasos, marineros, ladrones, putas, borrachos, tabernas, bajos fondos, muñecos de trapo («los títeres dan dan / tres vueltas y luego se van»), desdichados de todo pelo. Para ellos, los desdichados y solitarios, escribió Eche veinte centavos en la ranura. Largo, lo acoto: «El dolor mata, amigo, la vida es dura, (…) con la filosofía poco se goza, / si usted no tiene hogar ni esposa, / si quiere ver la vida color de rosa / eche veinte centavos en la ranura / ¡Qué lindo es ir a ver la mujer / la mujer más gorda del mundo! / Entrar con un miedo profundo / pensando en la giganta de Baudelaire… / Nos engañaremos, no hay duda, / si desnuda nunca muy desnuda, / si barbuda nunca muy barbuda / será la mujer. / Pero ese momento de miedo profundo…»

La ranura alude a unas primitivas máquinas instaladas en los parques de diversiones (en Buenos Aires, Parque Japonés y Parque Retiro) que puestas a andar con una moneda, mostraban películas de un par de minutos; algunas, picarescas… De sexo, en fin.

Hasta pasados sus 30 años, ningún poema se asomó al amor como tema, homenaje, declaración, alusión. Pero conoce a Amparo Mom, y se casa con ella en 1934 después de un brevísimo noviazgo. Ella le lleva diez años. La quiere hasta más allá de todo límite…, pero no renuncia a su pasión de trotamundos. La historia de la pareja está signada más por separaciones que por encuentros, pero Tuñón compensa la ausencia con infinitos poemas dedicados a ella. Que muere en 1940, y él la despide así:

«Ya está dormida bajo tanto cielo / y sobre tanta tierra enamorada. / Rosa cabal, cumplida llamarada. / Sin guitarra, sin luz y sin desvelo. (…) Su muerte crecerá. Seremos viejos / y todo será sombras en la casa / cuando regrese con sus pies de gasa / del fondo de los últimos espejos«.

González Tuñon

González Tuñon

Pero prefiguró su propia muerte llamándose «el poeta». ¿Quién otro, si no? «Sin un céntimo, tal como vino al mundo, / murió al fin, en la plaza, frente a la inquieta feria. / Velaron el cadáver del dulce vagabundo / dos musas: la esperanza y la miseria. (…) Los que le vieron dicen que murió como un niño. / Para él fue la muerte como el último asombro. / Tenía una estrella muerta sobre el pecho vencido / y un pájaro en el hombro

No hubo punto del mundo por el que no pasara. No hubo poeta que no fuera su amigo, lo respetara, los admirara. Larga es la lista: Pablo Neruda, César Vallejo(«es el mejor de todos nosotros», dijo), Rafael Alberti, Miguel Hernández, Pedro Salinas, Federico García Lorca

Que dijo de él: «Es capaz de escribir con pena y furia sobre el fusilamiento de un obrero, pero antes de terminar, detenerse maravillado ante el vuelo de un pájaro».

(Post scriptum: la obra de Raúl González Tuñón, insoslayable aun para las nuevas generaciones que apenas sospechan el terrible mundo que le tocó vivir, está casi perdida. Tarea para apasionados: buscar en librerías de viejo, en ferias ad hoc al aire libre, en los sitios digitales de mercado, y algo conseguirán, editado por las bravías editoriales Gleizer y Claridad, amparo de escritores fuera del circuito de la burguesía de aquellos años. Si desdeñan, por convicción o por prejuicio, su larga etapa de poesía política, recomiendo énfasis en el rastreo de La calle de los sueños perdidos, A la sombra de los barrios amadosPoemas para el atril de una pianola, El banco de la plaza… Que haya suerte.).

Infobae.com

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