Con Miguel Pichetto y Alberto Fernández, la política argentina certifica su corrimiento hacia el centro

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En poco más de treinta días, la composición del tablero político se modificó drásticamente. El hundimiento de la alternativa de centro y superadora de la grieta que reclamaba casi el 60 por ciento de la sociedad argentina, posibilitó un incremento de la polarización.

Sin embargo, y tal vez paradójicamente, la eliminación de la opción moderadora, tal como pretendían Jaime Durán Barba y Marcos Peña de un lado y los sectores más radicalizados de Unidad Ciudadana del otro, se consiguió al precio de que esos espacios antagónicos tuvieran que apelar al pragmatismo, renovando su imagen con la incorporación, en un papel estelar, de dos actores identificados por la opinión pública como paradigmáticos de esa moderación y artífices tradicionales del diálogo y el consenso como claves de la acción política: Alberto Fernández y Miguel Pichetto.

Por decirlo con un cierto reduccionismo, el tributo que supuso la eliminación del centro fue el archivo de la lógica amigo – enemigo, propia de una matriz teórica que incluye a Carl von Clausewitz, Carl Schmitt, Joseph Goebbels y Ernesto Laclau, por otra, mucho más democrática y republicana, que privilegia la competencia entre adversarios.

Esta transformación en la matriz del juego político ha sido el resultado de la necesidad de ofrecer señales claras a la sociedad para atraerse a esa mayoría de la Argentina que, al reclamar una pacificación del clima social y política, venía imponiéndoles un techo muy bajo a las candidaturas de Mauricio Macri y Cristina Fernández de Kirchner. De algún modo, la eliminación de una opción política de centro, como la que suponía Alternativa Federal, significó una victoria pírrica de los partidarios de la grieta, que para imponerse en las próximas elecciones debieron aceptar su sometimiento a la lógica propiciada por el espacio que acababa de ser prácticamente disuelto.

La ecuación quedaba planteada en términos bastante elementales: mientras el voto más radicalizado ya estaba asegurado, la seducción de los indecisos y los desilusionados exigía hablarles en el tono que éstos estabas dispuestos a dejarse interpelar. Por supuesto que algunos actores y agrupaciones que habían hecho su agosto a partir de la radicalización, a uno y otro lado de la grieta, se negaron a aceptar las nuevas reglas de juego, pero sus intervenciones extemporáneas los colocaron al borde del precipicio, tanto frente a la opinión pública como dentro de los propios comités de campaña, que advirtieron rápidamente el daño inmediato que causan sobre aquella amplia porción del electorado que resulta indispensable seducir para ganar la elección.

El desafío, de todos modos, adquiere diferentes características en uno y otro caso. Para Alberto Fernández, el corrimiento hacia el centro lo obliga a hacer campaña imponiendo una estrategia de instalación social que le exige aclarar que, si bien actuará de consuno con Cristina, en realidad el candidato presidencial es muy diferente en su pensamiento y su lógica de acción a quien le acompaña en la fórmula como vice. La activa agenda de medios que recorre cotidianamente Alberto Fernández, así como los gestos públicos de acercamiento con los gobernadores peronistas –optando, por ejemplo, por Domingo Peppo en lugar de Jorge Capitanich-, apunta, ante todo, a demostrar que él será capaz de ejercer el gobierno aún con Cristina como compañera en la dupla presidencial. Una apuesta riesgosa, sin dudas, pero imprescindible para incrementar su credibilidad pública. Por esta razón ha tenido que organizar un comando de campaña diferenciado y acometer en solitario su raid de presentaciones públicas.

Con Miguel Pichetto la situación es diferente, ya que en su caso el desafío no consiste en demostrar públicamente sus diferencias con el presidente Mauricio Macri, sino que su incorporación aporta mayor dosis de gobernabilidad y permite tanto retener a los desilusionados e indecisos, como renovar la apuesta del empresariado frente a la alternativa de un nuevo gobierno K. El lema sería “sumar, más que diferenciarse”.

El corrimiento hacia el centro fue fructífero hasta ahora para ambos contendientes, ya que los números de Juntos Somos el Cambio y del Frente con Todos se han incrementado en los últimos días. Sin embargo, si bien a Pichetto no se le exigió más que ese aporte, tanto el gobierno como el senador están convencidos no solo de que su figura puede convertirse en la clave de seducción para indecisos y decepcionados, sino también para la incorporación de una amplia franja de peronistas que se ubican en la vereda de enfrente del espacio K, o bien que quedaron excluidos por decisión superior durante el cierre de listas.

El propio Pichetto, en una entrevista concedida a El Tribuno de Jujuy, señaló este domingo: “Estoy visitando provincias y viendo una evolución muy positiva respecto a la propuesta política que conduce el presidente (Mauricio) Macri y a la sumatoria de muchos hombres y mujeres del peronismo que están afuera del proceso político de Unidad Ciudadana y La Cámpora. Esto se ha acrecentado fundamentalmente después del cierre de las listas”.

Dentro de ese universo de nuevas incorporaciones adquiere particular protagonismo un nuevo espacio en formación, que adquirió la denominación de Peronistas con Pichetto (PCP), y que podría definirse como una suerte de neo-menemismo republicano, encabezado por una serie de legisladores de marcado protagonismo durante los años de gestión de Carlos Menem. Allí están, entre otros, Augusto Alasino, Alberto Flamarique, Remo Costanzo, Alberto Tell y Ricardo Branda, que conservan arraigo territorial en sus distritos y que ya han comenzado a acercar RRHH y algunas sugerencias concretas al candidato a la vicepresidencia. Según sus promotores, PCP apuesta a promover la matriz social y productiva característica del peronismo dentro de Juntos Somos el Cambio, evaluando que el próximo gobierno deberá apostar fuertemente al desarrollo de estas variables para comenzar a saldar deudas históricas y hacer frente a los compromisos internacionales, colocando a la Argentina en el camino del progreso largamente dilatado.

En coincidencia con estas líneas programáticas, Pichetto destacó en el reportaje de El Tribuno que “la reforma laboral es un concepto totalmente erróneo, es un concepto que está identificado en la opinión pública como ajuste para los trabajadores, es un concepto que lleva siempre a pensar en situaciones muy complicadas. Yo hablo del acuerdo económico – social, esto es lo que estamos conversando con el presidente, hablo de la convocatoria de los sectores empresarios y sindicales en la mesa del acuerdo, hablo de modernización, hablo de productividad, hablo de crecer en el empleo”.

De este modo, mientras que Alberto Fernández debe transitar el sinuoso camino de articular su campaña en solitario, buscando el apoyo de gobernadores y de algunos sectores de la dirigencia sindical, evitando simultáneamente rupturas con UC, la fórmula de Juntos Somos el Cambio tendrá su primera presentación conjunta este martes, en la provincia de Tucumán, en la celebración del 9 de julio, y está casi confirmada la realización de un lanzamiento de la coalición al día siguiente, 10 de julio, en Parque Norte. Ambas son señales muy claras hacia la opinión pública (la primera de confrontación interna, la segunda de armonía), sobre todo para aquellos que aún no han definido su voto y cuya decisión será crucial en la resolución de una elección que se presenta inusualmente polarizada, aún antes de la realización de las PASO.

(www.REALPOLITIK.com.ar)

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