Regresa un clásico, la inflación reprimida, esta vez a la francesa

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La jefa del FMI, Christine Lagarde, le puso fichas al éxito del plan en curso y se esperanzó en que la inflación ceda. Su interlocutor argentino, el ministro Nicolás Dujovne, debería haberle advertido que se ciernen malas noticias: el índice de precios al consumidor viene para mayo en el 3%, según estimaciones privadas, pero la proyección anual de los 5 meses que lleva 2019 se sitúa por encima del 50%. Si bien este comportamiento intentará ser morigerado con el impasse en que entran las tarifas de los servicios públicos y el programa de precios cuidados y esenciales durante los 6 meses que quedan hasta que se defina la elección presidencial, el indicador general apenas reprimirá el ritmo al que viene medio punto por vez. Así, al menos, rondará el 2,5% entre julio y noviembre. Es cierto que la recesión también hizo su contribución, al limitar el promedio de aumentos de las paritarias al 28/30%, pero la amenaza de que retornen los tarifazos al finalizar los comicios está latente y los formadores de precios sólo aguardan una excusa para desenfundar la pistola remarcadora, como sucediera al cabo de 2017. La elevada inflación que signó el tiempo que lleva la gestión macrista, y acumula 200,2% a la fecha, arrancó en 2016 con el 41% que sucedió a la devaluación y el ajuste inicial; siguió con el 24,8% en un 2017 caracterizado por el atraso cambiario y de servicios como el transporte. Y de este modo, cuando Cambiemos ganó la elección de medio término, la olla no tardó en hacer ebullición: en 2018 los precios saltaron al 47,6% y en abril se proyectan al 55,8% anual, con los congelamientos transitorios ya incluidos.

El más reciente Relevamiento de Expectativas del Mercado (REM), que elaboró el Banco Central con el habitual selecto aporte de los análisis de especialistas consultados (y en muchos casos, contratados, tal como recuerda Diego Giacomini), proyecta una inflación de acá a mayo de 2020 del 31%, 0,4 punto abajo de la pronosticada el mes anterior.

Siempre optimista el REM, si fuesen por sus proyecciones, la economía argentina tendría una realidad bastante mejor que la que padece pero, bueno, ya nos hemos acostumbrados a considerar al REM como el dato más optimista, algo así como “en el mejor de los casos”.

En este caso, coincide con la visión optimista acerca de la marcha del programa de contención de precios que lleva adelante el gobierno de Mauricio Macri que brindó la titular del Fondo Monetario Internacional, Christine Lagarde, al disertar esta semana en el Instituto de la Empresa Americana de Washington.

Pobre Christine: tiene a todos los tecnócratas del FMI murmurando que ella se excedió en su dadivosidad con la Argentina, y están esperando para pasarle la factura. Ella lo sabe, y también que enfrenta el ridículo ante la comunidad global, y entonces comienza a dar explicaciones. El futuro de la precandidatura presidencial en Francia luce cada día más lejano. Por suerte para ella, hizo lo que le reclamó Donald Trump, quien avanza hacia su reelección en la Casa Blanca.

Si bien Lagarde admitió haber subestimado “un poco” la gravedad de la crisis cuando confeccionaron las medidas y las metas, junto a las autoridades económicas argentinas, y que “tomó mucho más tiempo”, se mostró “razonable y esperanzadamente positiva” sobre que “terminará siendo un plan exitoso”.

Algo similar había asegurado el ministro de Economía, Nicolás Dujovne, en declaraciones periodísticas el pasado fin de semana, quien a diferencia de la funcionaria francesa, reside en el país y conoce del mazazo que significará en el ánimo de sus compatriotas la difusión en ciernes del índice de precios al consumidor de mayo, que estimaciones privadas ubican en torno del 3% e implican un alza interanual aproximada de 56,6%.

En el barrio de antaño dirían “No la vieron ni cuadrada”, y es lo que dirán los Fernández / Fernández si ganan los comicios, cuando le exijan al FMI la necesaria reprogramación de la pócima Lagarde / Dujovne.

Se veía venir cuando los valores mayoristas de abril superaban largamente el 4%, pero igual la desesperación comunicacional de dar como sea buenas noticias que caracteriza a la Administración Macri desde que comenzó la gestión volverá a jugarle una mala pasada para que se fueran de boca, justo en vísperas de que el INdEC informe el resultado del IPC, por más que sea del mes anterior.

Lograr tan malos resultados con la tasa de interés clavada arriba del 70% interanual es de una precariedad llamativa y obliga a que el FMI revise toda su literatura y procedimientos acerca de la inflación. Evidentemente no están en el organismo multilateral los mejores economistas, apenas algunos del montón que no encontraron trabajo en el sector privado.

El trabajo del INdEC es portador del 27% aplicado a las tarifas de agua, 4% a la de electricidad y 9,1% a la de gas, aunque las facturas preelectorales contengan un descuento del 22% que cesará después de retiradas las urnas. Hubo mucho más: subte a $21, prepagas 7,5% e incrementos en algunos planes de celulares.

Precisamente, uno de los errores de cálculo que ahora admite el FMI fue el efecto causado cuando se concentró en febrero, marzo y abril la mayor parte de los tarifazos de los servicios públicos previstos para todo el año.

El correctivo de suspender de julio a octubre anuncios de aumentos, una especie de tregua de campaña, seguramente se refleje en los próximos índices desde el de junio, con tasas del orden del 2,7%/2,5% mensual, dólar mediante.

Cuando Diego Giacomini y Javier Milei afirmaron que no bajaría la velocidad de crecimiento de los precios, los economistas del REM y algunos veletas del PRO dijeron que era extremismo liberalote. Ahora lo pagarán con lo que más duele: la desmejora en las encuestas de opinión pública justo antes de las Primarias Abiertas Simultaneas y Obligatorias.

El contexto recesivo morigera el impacto que podrían tener los aguinaldos y los ajustes paritarios en los precios de los bienes de consumo y el titular del BCRA, Guido Sandleris, esgrime rigor monetario para evitar desbordes, aunque la tasa de interés del 70% que, por ahora, sostiene esta pax cambiaria del “mirame y no me toques”, mantenga las pistolas remarcadoras de los formadores de precios con aumentos cargados en la recámara y sobre las mesas.

Terminado en noviembre el encanto de los precios esenciales, los cuidados, de los tarifazos del gas, luz, agua y combustibles “en el molde”, se agitan los fantasmas archiconocidos que la historia económica identificó desde siempre como inflación reprimida.

Viene de arrastre desde hace más de 70 años un déficit crónico entre el nivel de vida al que aspira la ciudadanía y las posibilidades reales del país para pagarlo, que detonó en recurrentes crisis de inflación y de balanza de pagos, precipitando inclusive cambios de gobiernos.

Desde el embargo petrolero de los ´70, las políticas de endeudamiento pasaron a ser un puente tendido por la banca internacional entre gastos en alza e ingresos en baja, que invariablemente crujió y cada 10 años terminó rompiéndose.

La inflación no sólo constituye echar mano a moneda falsa para redistribuir la carga del desequilibrio fiscal y los intereses de su financiamiento entre la población, sino que ésta misma establece mecanismos de pujas en ese contexto de alta rotación de los valores, donde gana el que tiene más espaldas en detrimento del de menor aguante:

** minorías de acreedores que derrotan a mayorías de deudores;
** carteles empresarios que fijan precios y sindicales que definen salarios;
** pocos pudientes con capacidad para ahorrar lo que les sobra, contra muchos pobres que ni ganan para cubrir la canasta básica de sobrevivencia.
Masters en pujas distributivas

Si bien la grieta (la real) de la desigualdad económica se ha ido ampliando con el correr de los años, el expertise de convivir con inflación que sucesivas generaciones fueron cosechando y trasladando hacia adelante moldeó capas de resistencia entre los separadores de las clases sociales que consiguen diferir resultados y abrir nuevas instancias, la raison d´ etre del peronismo. Es sencillo de explicar: no es que el peronismo sea bueno sino que los orgullos “gorilas” son espantosos y nunca aciertan.

Por derecha, y sin apartarse de esa lógica, Mauricio Macri decidió tarjetear -vía deuda externa- el déficit que el gobierno de CFK que lo precedió bicicleteaba con reservas y cepos desde que la principal fuente de bienestar de la Década Ganada, la soja, se desplomó a la mitad, sin que la sociedad tomara nota de lo que representaría para el nivel de vida alcanzado.

Él está culminando el mandato presidencial 2015 / 2019 muy excedido en el límite del plástico otorgado por la comunidad financiera, y encima hay restricciones crediticias y una guerra comercial entre las 2 potencias mundiales, como USA y China, que afecta la casi excluyente apuesta agrícola y petrolera en la que vino apoyando su estrategia de ajuste fiscal gradual hasta 2018.

Este bosquejo ramplón (adjetivo que define a Alfonso Prat Gay, Luis Caputo y Nicolás Dujovne), le sirvió para que le fuera bien en la elección de medio término de 2017, pero a costa de incubar una burbuja que explotó antes de promediar 2018 y lo obligó a pedir socorro al Fondo Monetario Internacional.

Quedó en claro que el campo ayuda pero no salva. En 2018, la sequía golpeó la cosecha de soja y este año, pese a que se llega a una producción récord entre todos los granos de 145 millones de toneladas, con especial dinámica exportadora del maíz, ingresarán alrededor de US$24 mil millones, que la evolución del conflicto arancelario entre USA y China puede hacer variar según se traduzca en más o menos granos, en función de las harinas y aceites que sean demandados.

En todo caso, la ganancia para el gobierno ha sido fiscal, ya que las retenciones reimplantadas a las exportaciones de la oleaginosa representarían unos US$4.200 millones en caso de que las ventas del complejo sojero lleguen a los US$16.000 millones reestimados por la consultora Agritrend, a partir de la recolección final de 57 millones de toneladas que calculó la Bolsa de Rosario.

La liquidación de divisas que concretan los productores en la plaza cambiaria es cuanto menos cauta, a tal punto que en el último mes resultó menor en 0,4% respecto del mismo período del pasado año, castigado por la adversidad climática.

De modo que quedó confirmado que no se puede depender del agro para atajar los penales cambiarios y financieros, y de no haber sido por los desembolsos del FMI el default hubiera vuelto a estar entre los argentinos.

El historial reciente del aporte de divisas provenientes del campo muestra que en 2015 -el último año del 2do mandato de Cristina (2015) se liquidaron US$18.000 millones; en 2014 US$ 24.100 millones; en 2013 US$ 23.200 millones; en 2012 US$ 23.000 millones; en 2011 US$ 25.133 millones; y en 2010 US$ 22.200 millones.

Las metas de baja gradual de la inflación que hacen destilar optimismo a la dupla Lagarde-Dujovne tampoco tienen de su lado a los usos y costumbres nacionales. Y mucho menos cuando se construyeron debajo de un cepo altamente recesivo, como el actual.

Así como nadie discute el antiguo aserto de que “siempre que llovió paró”, tampoco escapa al sempiterno desenlace que “siempre que se reprimieron precios, explotaron”.

La guadaña de los tarifazos quedó suspendida en el aire hasta después del comicio presidencial y, aunque tímidamente, la troupe del REM lo reconoce cuando sube su pronóstico de inflación núcleo (o sea la estacional y la de bienes y servicios regulados por el Estado) para el año que viene.

Como una cosa lleva a la otra, éstos ejercen presión sobre el indicador general y, en una economía indexada como la nuestra, se produce el efecto calesita: da la vuelta y empieza otra vez.

La recuperación tarifaria es un hecho que se atrasa con este parcial impasse de los aumentos, hace subir los subsidios económicos, pero habrá que ver si retoma la marcha y cómo, cuando se conozcan los resultados de la elección.

Fuente: Urgente24.com

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