200 años de Walt Whitman, el más grande poeta norteamericano

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Un día como hoy pero de 1819 nació este autor prolífico y vanguardista que marcó a varias generaciones. Autor del famosísimo “Hojas de hierba”, aún hoy sigue latente y sus versos guardan una fuerza inaudita, “tan popular en la superficie, tan hermética en su núcleo”, como dice Harold Bloom

Un Jesús norteamericano. Así define el crítico literario Harold Bloom a Walt Whitman. Tal vez lo sea. Al menos en el terreno de la literatura. Sobran razones para afirmarlo. Pero empecemos por el principio de esta historia.

Walt Whitman nació en West Hills, un pequeño pueblo de Huntington en Long Island, Estados Unidos, en los albores del siglo XIX. Un día como hoy, pero no hoy: el 31 de mayo de 1819. Hace exactamente 200 años, su madre dio a luz al segundo hijo de los nueve que tuvo. Se llamó igual que su padre, Walter, pero de inmediato se lo nombró Walt. Creció en una familia cuáquera que se mudó a Brooklyn cuando tenía cuatro años. Ese pasaje de pueblo a metrópoli, de campo a ciudad, es clave para leer su obra. A las once, al terminar sus estudios formales, empezó a escribir. Fue cuando salió a trabajar. Luego de ser empleado en una oficina de abogados, logró ingresar en el semanario The Patriot. Los versos le salieron instantáneos.

Para hablar de su literatura es necesario dar un título: Hojas de hierba. Sin dudas es su libro más conocido, pero también el más trabajado. Fue en 1855 la primera vez que se publicó, pero no quedó conforme. Año a año lo fue “engordando”. Su vida puede leerse como la corrección y reescritura de aquel poemario. Cada reedición fue aumentada con más y más versos. La primera tuvo doce poemas; la última, cuarenta años después, reunió cuatrocientos.

Vanguardista del yo

De este lado del tiempo y el espacio, Jorge Monteleone conversa con Infobae Cultura a propósito del bicentenario de Whitman. Escritor y crítico cultural —publicó El centro de la tierra (lectura e infancia), entre otros—, es además un especialista en Walt Whitman. Tal es así que el 13 de junio comienza el seminario que dictará en el Malba. Se titula “Walt Whitman y el nuevo mundo” y durará ocho encuentros.

“En mi adolescencia leí a Borges, a Neruda, a Rubén Darío y a Lorca, y cuatro veces resonaba en ellos ese nombre: Walt Whitman. Un día, en una librería de viejo, encontré un librito publicado en México, en una edición muy popular, que traducía una breve biografía escrita por un norteamericano y acompañada por una antología de poemas. Me deslumbraron, a tal punto que la biografía misma me parecía una intromisión. Corté el libro y le hice una tapa especial y armé así una colección de poemas de Whitman, que leí y releí como un breviario”, cuenta en este breve diálogo.

“Hojas de Hierba” de Walt Whitman, edición de 1960

“Hojas de Hierba” de Walt Whitman, edición de 1960

“Luego llegó el Canto a mí mismo recreado por León Felipe —continúa—, la traducción de Borges y el grueso volumen de ediciones Fausto traducido por Leandro Wolfson. En esos años también leía a Rimbaud, para mí los dos eran toda la poesía, una especie de fuerza, de energía expansiva, transformadora y corporal. Junto con Artaud, que entonces buscaba porque ese era el nombre del disco de Spinetta, la poesía me llevó a una rítmica del cuerpo y en eso los versos de Whitman, que decía ‘Yo canto el cuerpo eléctrico’, eran una manifestación. Así fue mi lectura muy temprana de Whitman y siempre regresa”.

Para Monteleone, hay dos grandes elementos a destacar en la poesía de Whitman. En primer medida, su condición de fragmentaria: “un uso convulsivo de la lengua inglesa como síntoma de su negativa a ser epígono de la cultura europea”, porque, además, “la espontaneidad de lo fragmentario es lo propio de América”, asegura. Y por otro lado, la utilización vanguardista del yo —en tiempos donde escribir en primera persona era considerado inmoral—, dado que se enuncia desde “una colectivización: el yo es vertiginosamente tú, ellos, todos”. Un yo de pretensiones universales.

Una poesía absoluta

En 1916, cuando aún no era mayor de edad, Borges descubrió su literatura. Fue en la ciudad de Ginebra, había llegado junto a su familia dos años antes porque su padre se estaba quedando ciego —enfermedad que heredaría—, por lo tanto comenzó allí un tratamiento oftalmológico especial. Se instalaron en la ciudad suiza para refugiarse de la Primera Guerra Mundial, que estaba impregnando todo el continente. “Yo era entonces un joven muy desdichado. Supongo que los jóvenes son aficionados a la infelicidad: ponen lo mejor de sí mismos en ser infelices, y generalmente lo consiguen. Entonces descubrí a un autor que, sin duda, era un hombre muy feliz”, contó Borges en una de las conferencias brindadas entre 1967 y 1968 en la Universidad de Harvard. “Accedí a Walt Whitman, y entonces sentí vergüenza de mi infelicidad”, confesó.

Hay algo en la poesía de Whitman que no admite grises. Una lectura temprana pero atenta define el rechazo o la fascinación. Borges se encuentra en el segundo grupo. Escribió un ensayo en 1947 titulado Nota sobre Walt Whitman y un poema en el que se imagina en la piel de Whitman al tiempo de morir. Se titula “Camden, 1892” y logra, pese a su brevedad, o gracias a ella, una ráfaga potente de intensidad. Pero tal vez no sea ninguno de esos textos lo que merece ser destacado, sino la traducción de Hojas de hierba. Así como Whitman tardó cuatro décadas en dejar ese libro como realmente quería, Borges comenzó a traducirlo en 1924, a los 25 años, y lo terminó en 1969. En el prólogo de esa edición, que se publicó con ilustraciones de Antonio Berni, escribió: “Whitman es la modesta persona que fue desde 1819 hasta 1892 y el que hubiera querido ser y no acabó de ser. Y también cada uno de nosotros y de quienes poblarán el planeta”.

“hojas de hierba” de Walt Whitman con traducción de Jorge Luis Borges

“hojas de hierba” de Walt Whitman con traducción de Jorge Luis Borges

Lo explica mejor Tomás Eloy Martínez en su texto Borges y Whitman: el otro, el mismo: “Aunque Borges y Whitman parezcan escritores antípodas, los une la idea de que el hombre es múltiple o, más bien, la idea de que un hombre es al mismo tiempo todos los hombres. Sin esa idea, Whitman no sería Whitman ni Borges sería Borges”. La obsesión del autor argentino fallecido en Ginebra —oh paradoja, lugar donde comenzó a leer a Whitman— apuntaba a la destreza whitmaniana “del experimento de escribir un libro infinito, en el que cada ser humano del pasado y del futuro puede sentirse incluido”, en palabras de Eloy Martínez. Entonces, la poesía de Whitman es, ante todo, una poesía absoluta.

En El Canon Occidental, uno de los libros más importantes en materia de crítica literaria, Harold Bloom coloca a Whitman en “el centro del canon norteamericano”. Tal importancia le da a este poeta que en el libro, de unos 500 y pico de páginas, lo menciona 349 veces. “Al entrar en la noche, Whitman encarna, de una manera muy consciente, al Jesús norteamericano”, escribe Bloom, y más tarde lo define así: “tan popular en la superficie, tan hermético en su núcleo”.

La batalla contra la tristeza del mundo

Si la historia contemporánea de Occidente puede ser explicada a través de Los Simpsons —¿cuántos productos culturales logran ser tan eclécticos sin perder la masividad?—, entonces Walt Whitman no queda afuera. Hay un capítulo que empieza así: Homero finge su muerte para faltar al trabajo. La noticia se expande por todo el barrio, entonces Marge, su esposa, le ordena que vaya a la Municipalidad a decir la verdad. Y allí va, pero se entera que en los archivos su madre, que creía muerta desde que él era niño, está viva. Entonces se dirige al cementerio para comprobar si la tumba que siempre ve desde la calle, cuando pasa por allí, es o no la de ella. Corre las hojas que tapan el nombre en la lápida y lo que lee no es el nombre de su madre, Mona J. Simpson, sino el de Walt Whitman.

“¿Walt Whitman? ¡Maldito Walt Whitman! ¡Hojas de hierba, mis polainas!”, grita Homero mientras patea la tumba. Camina enfurecido por el descubrimiento y se topa con una tumba vacía que dice su propio nombre: Homero J. Simpson. Se desvanece y cae dentro de ella. Una mujer se acerca y le grita: “Vago asqueroso, ¡fuera de la tumba de mi hijo!” Es entonces cuando madre e hijo se reencuentran luego de tantos años.

Homero Simpson frente a la tumba de Walt Whitman

Homero Simpson frente a la tumba de Walt Whitman

El capítulo —Mamá Simpsons, estrenado originalmente el 19 de noviembre de 1995— lo escribió Richard Appel, cuya esposa es una novelista que tiene el mismo nombre que la madre de Homero: Mona Simpson. (Es, además, la hermana de Steve Jobs, pero este dato no tiene importancia aquí.) ¿Será esta alusión al poeta norteamericano —ínfima e inexplicable— un guiño romántico entre los miembros de esta pareja? ¿O tal vez la referencia a la universalidad, el fragmentarismo y el yo que pregonaba Whitman en la narrativa simpsoniana? Otra posible lectura es la bronca a un escritor tan mal leído en la actualidad que, cuando se trasnpola a este presente distinto al tiempo donde vivió, pierde toda su fuerza. Este último punto es importante.

Basta con leer uno de sus poemas más famosas, “No te detengas”, conocido también como “Carpe Diem”. La ambigüedad es alarmante, lo que da plena libertad para transformar su prosa poética y sus profundas palabras en una tarjeta de buenos deseos comprada en un supermercado. Comienza así: “No dejes que termine el día sin haber crecido un poco, / sin haber sido feliz, sin haber aumentado tus sueños”. Suena New Age, ¿no? Incluso algo vacío y banal para nuestra época. ¿Cuánta gente comparte este tipo de frases tan desideologizados y apolíticas en las redes sociales? El problema ocurre cuando se quita una obra de contexto y se la impone en otro bien disímil.

Walt Whitman (foto de Georgie C. Cox)

Walt Whitman (foto de Georgie C. Cox)

Continuemos: “No abandones las ansias de hacer de tu vida algo extraordinario. / No dejes de creer que las palabras y las poesías / sí pueden cambiar el mundo.” Aparece aquí el lenguaje, la literatura, el arte. ¿Qué más? “La vida es desierto y oasis. / Nos derriba, nos lastima, nos enseña, / nos convierte en protagonistas /de nuestra propia historia”. No es una simple y anecdótica oda a la alegría si define que “la vida es desierto y oasis”. Entonces, frente a ese dolor, la angustia y la sinrazón cotidiana, la voluntad. Sigue así: “No caigas en el peor de los errores: / el silencio. / La mayoría vive en un silencio espantoso. / No te resignes. / Huye. / Emito mis alaridos por los techos de este mundo, / dice el poeta”. Y más adelante: “Disfruta del pánico que te provoca / tener la vida por delante.”

El poema “No te detengas” concluye de la siguiente manera: “No permitas que la vida te pase a ti sin que la vivas”. No hay dudas que la declamación poética sobresale, pero sin el contexto y estampado en una storie cualquiera, suena a meritocracia. Sin embargo, leído con atención, es un grito de batalla. La batalla cotidiana contra la tristeza, la pasividad y la desilusión. Así lo entendió Borges también, cuando aseguró avergonzarse de su propia infelicidad. ¿Acaso no es la alegría un motor que lucha firmemente con sus “alaridos por los techos de este mundo”? Es una batalla que aún continúa abierta, sin ganadores ni perdedores. Depende de cada uno de nosotros.

Infobae.com

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