G20, el mundo dentro de la Argentina

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Oscar A. Moscariello

En un momento en que los vientos aislacionistas soplan con intensidad, quiso el destino que la cumbre del G20 tuviera lugar en un país erigido por inmigrantes y que se reabrió al mundo bajo el liderazgo del presidente Mauricio Macri.

En efecto, el punto de partida para los trabajos llevados a cabo en Buenos Aires era sumamente sensible. El grado de apertura de las naciones refleja las sensibilidades domésticas y los sobresaltos internacionales y, en ambos niveles, no faltaban condicionantes. En este juego de espejos que es la diplomacia saltaba a la vista la disputa comercial entre los Estados Unidos y China, la tensión militar en el estrecho de Kerch, el caso Khashoggi, la investidura del próximo presidente brasileño y la salida del Reino Unido de la Unión Europea.

Sin embargo, la disponibilidad para el diálogo y la fluidez de la conversación siempre dependen de la valía del anfitrión, de su capacidad de cubrir todos los rincones de la sala y de convocar a los invitados más distantes y desconfiados. Fue la ocasión para la Argentina, su cultura y su pueblo, revelarse una vez más ante el mundo, mediante símbolos como el Teatro Colón o la recepción, calurosa y desprendida, que solo nosotros, con nuestra música y nuestra gastronomía, conseguimos ofrecer.

De hecho, la cumbre de Buenos Aires confirmó a la Argentina como un país plenamente reintegrado en la comunidad internacional, defensor del multilateralismo y abierto a la inversión extranjera y al diálogo con todos los interlocutores. Hoy está claro, a los ojos de los argentinos y del mundo, que el presidente Macri cumplió una de sus promesas fundamentales de campaña: transformar un país que se encontraba fuera de los mercados internacionales en una nación conectada con el mundo, en una voz escuchada, relevante y creíble.

En este marco, creo que la declaración final de la cumbre, al contrario de lo que algunos, quizás precipitadamente, quisieron sugerir, no fue un pronunciamiento de circunstancia, estéril y minimalista. En particular, porque se trató de tres de los principales retos globales: el cambio climático, la lucha contra el terrorismo y la defensa del comercio internacional.

En vísperas de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, llevada a cabo en Polonia, fue importante ver a los firmantes del acuerdo de París reiterar, en la declaración del G20, que se trata de un compromiso “irreversible”, hecho de responsabilidades comunes aunque diferenciadas.

Asimismo, cabe destacar el intento de convocar a la industria digital para la lucha contra el terrorismo. Como no me canso de decir, sin la participación de las plataformas tecnológicas y la celebración de convenios internacionales en el ámbito de la ciberseguridad, los Estados tendrán cada vez mayores dificultades para cumplir la función soberana de garantizar la seguridad de sus ciudadanos.

Por último, constituyó igualmente un hecho importante el reconocimiento de que la Organización Mundial del Comercio necesita ser reformada y que opera hoy muy por debajo de su potencial. Se trata de un tema en que el G20, por sus raíces financieras, tiene particulares responsabilidades y que se reanudará en los trabajos de 2019, con sede en Japón, en los cuales la Argentina seguirá participando activamente.

El autor es embajador en Portugal.

Infobae.com

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